Amanéceme, si puedes


Supongamos que hay un reloj dentro de cada segundo.

Que en el sol, se ocultan multitud de lunas rosas.

Que los días se esconden detrás de las lilas azules o,

que es de noche,

y el amanecer llega con zapatos de charol rojo,

las manos llenas de estrellas

y una trenza en el pelo.

Supongamos, que no pudiésemos suponer,

ni abrir una ventana al mar o,

que estoy a oscuras y mirándote, me atrevo a decirte:


Amanéceme, si puedes



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Relato de una Tarde

Levantaste la mano, y con un gesto de complicidad  puesto en tu dedo índice, sugeriste tiernamente mi presencia.

Allí estabas  tú, levemente recostado en la cama  verde, en medio de la habitación de paredes verdes y en un punto callado de la tarde.

Y surgió inesperada, sin anuncio ni preámbulo, la  tierna hilaridad de tu sonrisa, (siempre mía por haberla descubierto) y el verbo ajado de tus labios, leves, profundos, eternos, abiertos al abismo sereno de la caricia y el beso desnudo.

Y tan sólo tu gesto de reclamo  proyectó silencioso un  latigazo, un rayo lujurioso, que quebró mi corazón en  mil pedazos y me hizo vibrar, como tantas veces, tan  sólo con imaginarme el suave devenir de esas tus  manos tiernamente saturadas de fuerza retenida. Y tu dulce piel, de nítida blancura adormecida y poros  exhalantes de romero y otras hierbas, mojadas de  una ilusa primavera. Y tus ojos silenciosos, tan impenetrables y risueños, capaces de recorrer  todos los  recovecos y cerrarse levemente, en pos de mi locura. Y tu pensamiento… de pocas palabras.

Allí estabas tú, añorado, ausente, antes requerido,  sabiéndome mendiga de algún roce de tu piel, dispuesto, casi cruel, tejiéndome el ocaso.

Las horas se encargaron  de hacer grana el verde antes dispuesto y el tiempo fue quemando cada instante de la tarde, dando forma a la luz casi inclinada, al encuentro de lo nuestro, dejando en el recuerdo una sombra  difusa entre el sueño y la razón.
            
 Hoy, lo que asumo y sumo, se compone de conceptos, razones y  sentíres. Luces tenues entre besos y suspiros  que forman lazos de mi cabeza a mi corazón y me   inundan o me ahogan , se estiran y aflojan, y me duelen.
¡Cómo me duelen!

Ahora, después de otros ocasos,  ni siquiera levantas la mano, ni sugieres el susurro que provoque,  la tragedia insidiosa que me traiga en tan arduas ocasiones, un momento de conciencia, en este atardecer que me  regalas cada día , de Ocasos Rotos.
                                         …
                                                  
                                     Rocío Biedma  
Relato perteneciente a mi libro "Ocasos Rotos"