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Relatos




Mensaje en una botella 

(Por petición de mi amigo Raúl, que vive a orillas del Mar Mediterraneo y me pidió un mensaje para lanzarlo al mar, en una botella).




  A ti, Mujer                                                               
  (Para Raúl, que busca su sirena)


Deseo que este mensaje llegue hasta ti, porque te espero desde siglos. Porque el infinito del mar me eleva hasta tu encuentro. Porque la profundidad del Mediterráneo me dice que tú existes, que debemos descubrirnos, que la barca de mi tiempo lleva izada tu bandera, que tus manos de marzo abrirán esta botella. Que tus ojos Mujer, leerán mi espera.

Podría escoger las más bellas palabras del mundo, y no decir nada. Podría prometerte cosas que seguro no necesitas. Pero sólo pido encontrarte, saber que estás, abrirte mi corazón, mostrarte el amor, que para ti guardo. Entonces mi sueño habría volado alto y al fin, soñaría a tu lado.
Sabría que eres tú, sólo con mirarte a los ojos.
Por eso escribo este canto al mar, para que llegue rumoroso a tus oídos:

Mar infinito, llévame hasta ella, súrcale el alma, allí donde las olas se hacen encaje asido a la sal de las nostalgias.
Y deja que me encuentre con las alas abiertas, donde la luna se esconde, hendiendo los corales.

Búscame Mujer, en el asombro de lo cotidiano, en cada latido de brisa, en el baile de hadas bajo los acantilados, en el mecer del mar, donde te aguardo.

Divísame en la lluvia, en el tañer de las campanas, en la sombra del limonero, en el rocío del almendro, en la mañana clara, reflejo de tu piel, que adormece el ocaso.

Desnúdame entonces la mirada, déjame inclinarme en tu sonrisa, reinventarme contigo, abrigarte de amaneceres, allanarte el sendero.

Mírame después, a son de mar, en las olas a la deriva, en la arena dormida, en las guirnaldas de la luz, en la paz en que te espero.

Rocío Biedma







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Relato de una Tarde

Levantaste la mano, y con un gesto de complicidad  puesto en tu dedo índice, sugeriste tiernamente mi presencia.

Allí estabas  tú, levemente recostado en la cama  verde, en medio de la habitación de paredes verdes y en un punto callado de la tarde.

Y surgió inesperada, sin anuncio ni preámbulo, la  tierna hilaridad de tu sonrisa, (siempre mía por haberla descubierto) y el verbo ajado de tus labios, leves, profundos, eternos, abiertos al abismo sereno de la caricia y el beso desnudo.

Y tan sólo tu gesto de reclamo  proyectó silencioso un  latigazo, un rayo lujurioso, que quebró mi corazón en  mil pedazos y me hizo vibrar, como tantas veces, tan  sólo con imaginarme el suave devenir de esas tus  manos tiernamente saturadas de fuerza retenida. Y tu dulce piel, de nítida blancura adormecida y poros  exhalantes de romero y otras hierbas, mojadas de  una ilusa primavera. Y tus ojos silenciosos, tan impenetrables y risueños, capaces de recorrer  todos los  recovecos y cerrarse levemente, en pos de mi locura. Y tu pensamiento… de pocas palabras.

Allí estabas tú, añorado, ausente, antes requerido,  sabiéndome mendiga de algún roce de tu piel, dispuesto, casi cruel, tejiéndome el ocaso.

Las horas se encargaron  de hacer grana el verde antes dispuesto y el tiempo fue quemando cada instante de la tarde, dando forma a la luz casi inclinada, al encuentro de lo nuestro, dejando en el recuerdo una sombra  difusa entre el sueño y la razón.
            
 Hoy, lo que asumo y sumo, se compone de conceptos, razones y  sentíres. Luces tenues entre besos y suspiros  que forman lazos de mi cabeza a mi corazón y me   inundan o me ahogan , se estiran y aflojan, y me duelen.
¡Cómo me duelen!

Ahora, después de otros ocasos,  ni siquiera levantas la mano, ni sugieres el susurro que provoque,  la tragedia insidiosa que me traiga en tan arduas ocasiones, un momento de conciencia, en este atardecer que me  regalas cada día , de Ocasos Rotos.
                                         …
                                                  
                                     Rocío Biedma  
Relato perteneciente a mi libro "Ocasos Rotos"